Picadores El Ángel Caído

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La exposición «Picadores. El ángel caído», comisariada por el doctor en historia del arte y escritor Fernando González Viñas, se presenta como una reflexión sobre el profundo cambio producido en la mirada sobre el picador, un héroe en el siglo XIX, y un ángel caído y vilipendiado a partir de la imposición en 1928 del peto como elemento de protección de los caballos. Al amparo de la protección del caballo nace una inquina al jinete que se acrecentará con los años. La muestra es una mirada desde la distancia a unas escenas ya desaparecidas del ruedo y la relación de aquel público de toros con los protagonistas, y también un intento de análisis de la mirada actual de ese público sobre su pasado y por ende sobre su presente. El estigma del ángel caído ha hecho olvidar que durante dos siglos el picador fue una figura apreciada que, al contrario que el resto de subalternos, conservaba el privilegio de lucir oros en su traje. Con la muestra se pone de relieve aquella heroicidad perdida, aquel respeto y amor que los públicos le profesaban.

La exposición cuenta con obras de arte como óleos, grabados, postales y cromos. Procedente del Museo San Telmo de San Sebastián se exhibe el óleo «Bravo toro» (1896) de Henry-Achille Zoe, con una escena del picador quebrantado tras la caída. Del Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla llega el óleo «Picador sentado» (1915), de Andrés Parladé, conde de Aguiar, retrato psicológico de un picador en la época dorada anterior al peto. También se exhibe el grabado nº 22 de la Tauromaquia de Francisco de Goya, grabado en 1983 sobre las planchas originales de Goya por Calcografía Nacional, y que tiene como protagonista a la célebre picadora La Pajuelera, elemento que sIirve para vertebrar un discurso sobre la mujer picadora, elemento casi anecdótico, pero que tiene en el grabado de Goya (1814) una representante pionera.

Se exhibe, igualmente, una colección de postales de principios del siglo XX que tiene como protagonistas al picador, en muchas ocasiones, caído, derribado y amenazado por el toro. Son postales selladas y escritas en el reverso, con destinos como Francia, Bélgica o Luxemburgo. También podrán verse imágenes de los picadores antiguos cayendo estrepitosamente del caballo y expuestos ante el toro a través de proyecciones en pantalla rodadas por los hermanos Lumiere en España (1897, Madrid) y Francia (1899, Beziers), y escenas del filme «¡Que viva México!», del director ruso Sergei Eisenstein.

Otro de los grandes atractivos de la exposición es la edición del catálogo, que es a la vez álbum de cromos autoadhesivos con una serie de 75 cromos de fotografías coloreadas de picadores de fines del XIX y principios del XX, procedentes de una edición de 1915 encartadas en cajas de cerillas y emitidas por la fábrica Hijos de A. Garro Cascante Navarro. El coleccionista de cromos tiene así una oportunidad única para lograr un álbum exclusivo que se reparte como catálogo hasta agotar existencias.

La exhibición, que cuenta con un espacio dedicado a varilagueros cordobeses de los siglos XIX y principios del XX, se completa con numerosos textos de viajeros y escritores como Prosper Mérimée, Théophile Gautier, Alejandro Dumas o Richard Ford, que describen la dureza y heroicidad de los picadores del siglo XIX, así como su vida social, como la del conocido Badila o de Francisco Sevilla, del que Mérimée escribió:

«Más de veinte veces aún le vi rodar por el polvo bajo su caballo destripado; le vi romper muchas picas y rivalizar en fuerza con los terribles toros de Gaviria. Acostumbrado a la victoria, se sentía en poder de una audacia infinita. Cuando se ponía delante de un toro, le indignaba que el animal no le tuviese miedo. “¿Pero no me conoces?”, le gritaba furioso. (…) Mis amigos me proporcionaron el placer de comer con Sevilla; comía y bebía como un héroe de Homero.»